Bloc del Porvenir





En un hospital, se pone el punto final a la mejor leyenda alguna vez escrita en Rosario: la del “Trinche” Carlovich, la del jugador fantasma, la del mito del potrero rosarino. Su figura se alza envuelta en una nebulosa de misterios y relatos grandilocuentes. Cómo salido de la pluma del Negro Fontanarrosa, Tomás Felipe Carlovich tiene en su haber infinidad de anécdotas con tintes míticos que nos impide saber qué es verdad y qué es falso. 

Él fue el chico que amó con fervor a la pelota y se divirtió con ella hasta el último día que entró a una cancha. Él fue el galán que la saco a bailar, con presencia y picardía. El Trinche es la síntesis del fútbol rosarino: es el lirismo, el atrevimiento, la elegancia, el romance. Decían que una vez que agarraba la pelota no se la podían sacar, decían que una vez que te hacía un caño te esperaba para volver a hacer pasar el balón entre tus piernas, decían que él solo quería disfrutar, decían que jugaba en el aire como flotando, decían…

Los relatos mágicos de este jugador de potrero corrían por todos los bares, boliches y canchas de la ciudad. Pronto el país entero se hizo eco de la historia del cinco de un equipo de segunda división que dejó en rídículo a la selección argentina, en un partido amistoso antes de viajar al mundial de Alemania en el 74. Treinta y cinco mil personas estuvieron presentes la tarde que Carlovich humilló a nuestra selección. Todos los habitantes de Rosario aseguran haber estado en las gradas. Todos los que tenían edad para andar correteando por ahí en 1974 afirman haber visto con sus propios ojos como Carlos Timoteo Griguol tuvo que cambiar al Trinche porque así se lo pidió Vladislao Cap, técnico de la selección. Los estaba destrozando. Si contamos a todas las personas que se jactan de haber estado ahí, el partido debería haberse jugado en el Bernabéu.

Esa noche es como la del 25 de junio de 1978, o la de 29 de octubre de 1986 en la que River Plate alzó la Copa Libertadores frente al América de Cali. Una cantidad absurda de personas dicen haber celebrado esos triunfos en las tribunas, pero muchos saben en su interior que estaban en sus casas.

La fantasmagórica figura del jugador se fue desvaneciendo con el paso del tiempo. Casi no hay fotos, apenas algunos recortes y ningún video. Los amagues, los goles y los caños del Trinche solo existen en el recuerdo de todo aquél que lo haya visto con sus ojos. Dichosos los chicos que pasaban las tardes en el club Central Córdoba, benditos los jugadores que lo vieron a tan solo centímetros moverse en puntas de pie, afortunados los rosarinos contemporáneos que hoy rememoran los días en que vieron jugar con el corazón al pibe que entendía a la perfección la esencia del fútbol.

En piedra quedaron grabadas las hazañas del chico que prefirió quedarse en el club que amaba, en vez de irse a jugar al Cosmos de Pelé. Nunca, nadie olvidará al tipo que con la pelota en los pies era feliz. Cuentan que Maradona, cuando llegó a Newells, sintió en la planta de sus pies que a esa tierra ya la había pisado alguien que estaba hecho de su misma arcilla. Muchos años después, en el 2019, Diego conoció al responsable de esas pisadas. El fútbol no los unió en la cancha; podrían haber jugado juntos, pero el Trinche eligió otro camino. El fútbol los unió fuera, ya grandes y nostálgicos. Tanto el uno como el otro admiraban a quién tenían en frente.


“Trinche, fuiste mejor que yo”, le firmó Diego en la camiseta de Central Córdoba.

“Ahora ya me puedo ir tranquilo”, se despidió Carlovich y se abrazaron.


A fuerza de épica, se creó la leyenda de Carlovich. La leyenda de este pibe sencillo y humilde, la de este rosarino que amaba a su ciudad y nunca se quiso alejar, la del futbolista que era mejor que Maradona. Hoy, su amada ciudad le quitó la vida. La Rosario de la violencia le ganó al mito. Un joven delincuente, ignorante de los viejos relatos épicos, asesinó al personaje principal. La realidad venció a la leyenda. Se escribió el capítulo final.

Mis tres recuerdos preferidos son uno solo, pero divididos en tres. Uno solo con tres partes, con principio, nudo y desenlace. Ojo, no lo hago de vago, perfectamente podría haber elegido tres distintos, separados por largos lapsos de tiempo. No es que sufrí de algún tipo de trauma o golpe por el cual solo puedo recordar cierta parte de mi infancia. Y sí, acabo de decidir que la consigna recuerdos preferidos solo puede ser resuelta visitando los cajones de la niñez. No ha pasado tanto tiempo desde nuestra adolescencia como para que los sucesos que allí pasaron puedan volverse preferidos. Los recuerdos preferidos tiene olor a tortas recién hechas, a abuelas con colonia. Los recuerdos preferidos tienen una sensación de una frutilla en la rodilla. Mis recuerdos, casualmente, tienen un poco de todos estos condimentos: las tortas eran tostadas, las frutillas eran por el fútbol o la bici y todo esto pasó entre las calles de la casa de mi abuela y su jardín. Como también ya les dije, tiene un principio, un final y un desenlace. Además, y vale la pena avisar, cuentan con una pincelada nostálgica, que le agrega romanticismo. Siempre pensé que nuestras infancias fueron mucho más aburridas que las de nuestros papás, por eso es necesario ponerle un filtro sepia. 

Principio: la mañana cuando era chico arrancaba temprano para mí, me iba a ver El Zorro y desayunaba solo. Me creía un poronga, ahí sentado con mi nesquik, las tostadas untadas por mí y la posesión del control remoto. No sé cómo, en algún momento marcado por el reloj biológico de los niños, algo dentro de mío me decía que ya era hora de salir, y que los vecinos también ya estaban listos. Casi por arte de magia, salíamos los dos al mismo tiempo, con la bici preparada. Eran días calurosos, así que andábamos tranquilos con la bici, por la sombra, juntando naranjas para tirarles a las ruedas de los autos. Después llegábamos hasta un baldío (sí un baldío, ¿cuando fue la última vez que viste un baldío?) y nos tirábamos a charlar o hacíamos una pista de obstáculos con palos, piedras y tierra. Era como estar de vacaciones sin padres, nos habíamos ido lejos de casa. Unas peligrosas seis cuadras nos separaban de nuestras mamás. Hacíamos carreritas, nos tirabamos naranjazos y, a veces, las probábamos pero siempre estaban feas. Éramos los dueños del barrio, desde Pirovano hasta Pacheco teníamos el control.


Nudo: Después de la comida se venía el clímax caliente de día. Partidos increíbles en la calle, con las patas sintiendo el asfalto caliente que había dejado el sol. Puedo decir que en esos partidos desarrollé mi amor desquiciado por la pelota. Jugábamos mucho, nos sacábamos las remeras chivadas, había peleas, enojos, goles gritados en la cara. Ese momento lo era todo. Pero debo admitir, muy a mi pesar, que en un momento los partidos en la calle se reemplazaron por los partidos en la play.


Desenlace: Un grito o una campana, nos sacaba del ensimismamiento del juego y empezábamos a oler las tostadas con manteca. La re puta madre que ricas que eran esas tostadas con manteca, nunca más pude hacer unas igual. Con manteca sola, nada de dulce de leche o azúcar. Una baguette entera de puro placer. Que lindos eran los días cuando podíamos vivir afuera. Por suerte esto de la maldita cuarentena no me paso a los ocho, ¿un día sin salir? me suicidaba, me trepaba a las paredes, mis papás me echaban por hinchapelotas. Bueno un poco como ahora…


Estos son mis recuerdos preferidos, no son ni uno solo ni son tres, fue una etapa de mi vida.


"Vení Fernando, ayúdame con el fuego", me dijo mi viejo una tarde de febrero de hace como un año. Yo me quedé desconcertado, por tradición mi papá y solo él, podía acercarse a la parrilla para hacer el asado. Uno de los primeros recuerdos que tengo de papá es de él poniendo los palitos, uno por uno, para armar el fuego, era un ritual. 


Me pare y camine despacito para dónde estaba mi viejo.


 "Dale boludo vení", me retó con su voz pesada. 


Llegue hasta la parrilla y me quedé parado, al lado suyo, mirando lo que hacía. Yo nunca había hecho un asado, ni prendido un fuego. Mi nunca me dejó acercarme al fuego o a la carne. Pero ese día decidió dejarme por primera vez. Y no solo acercarme, me quiso enseñar. 


"Arrancas por los palitos más grandes ves, así haces. En el medio ponés carbón, diario. Y después seguís armando como una casita, cada vez con palitos más chicos.", me explicó mi viejo y yo lo notaba emocionado mientras se agachaba con dificultad para buscar la leña de abajo de la parrilla. 


"El chori lo tiras cerrado, cuando ves que está ya casi listo lo abrís y le das vuelta y vuelta.", me decía mirándome a la cara, serio, como si se tratase de algo importantísimo. "El secreto con el matambre es ponerlo del lado de la grasa primero para que transpire, mucho limón, siempre mucho limón.", seguía serio mi papá mientras exprimía el limón. 


Se prendió un pucho y se sentó al lado para supervisar cómo seguía yo. Lo ví distinto, más grande, quizás no acostumbraba a verlo a los ojos, quizás estábamos creciendo. Es importante ese momento en que un legado se pasa de generación en generación. 


"Dale Fer movete que comemos a las 6 sino", me apuró. 


El vacío estaba bastante seco, pero mi papá lo agarro, lo comió todo y me dijo que había que mejorar pero muy bueno. La verdad es que estaba incomible. 

. . .

Yo me había ido a vivir solo hace poco, todavía extrañaba la calidez del hogar, la compañía y la comida de mamá. Por eso, los findes los pasaba con ellos. Unas semanas después llegué y mi viejo estaba arreglando el jardín. 


Desde chico siempre lo ví entre las hojas y las flores del cantero, con una paciencia inagotable, un silencio perfecto y una comunicación profunda con las plantas. Eso lo había aprendido de mi abuela, su mamá, que era fanática de las flores. 


Cuando me acerque a saludarlo sacó de su cinturón otra tijera, y me pidió ayuda. Me quedé al lado suyo, imitando lo que hacía, siguiendo su única indicación: "cortá las hojitas amarillas". Nos quedamos los dos en silencio bastante tiempo, mientras mi vieja cocinaba. No nos dijimos nada, papá nunca fue de hablar mucho, pero en esos momentos te decía más que con cualquier palabra. 


Me di cuenta que mamá nos miraba desde la puerta y sonreía. Mi vieja, ese día, había hecho unos ñoquis que son los favoritos de papá y míos. Estaban bárbaros, me pareció raro que papá deje más de la mitad. 


. . .

No fue hace mucho cuando fui y papá me estaba esperando con las herramientas. De todo lo que hacía mi viejo, yo nunca pero nunca me interesé tan poco por algo como por esa adicción que tenía por arreglar las cosas. 


"Que bueno que llegaste, tengo que mover algunas cosas y no podía solo, a ver si me das una mano", soltó papá que estaba con cara de cansado. 


Estaba arreglando una mesa, había que volverle a poner algunos de los tablones. Los ubicamos en los lugares faltantes, y fuimos a buscar un par de tornillos para sujetarlos.


 "La mesa se hizo mierda por la lluvia viste, tuve que tirar los tablones podridos, ahora vamos a atornillar unos nuevos. Tengo que encontrar una de las mechas que…"


Mi viejo se quedó callado, con la mirada en otro lado. 


"Papá, che, ¿Que pasa? Lo de la mecha", le dije por lo bajo. 


"Perdón, perdón, ¿de qué estábamos hablando?", me preguntó todavía con los ojos perdidos. 


Después de que elegimos las mechas y los tornillos, enchufó el taladro y lo agarró tembloroso. Con dificultad lo apoyó sobre la marca para hacer el agujero. Le dió hasta el final, y así con dos más. Después fue mi turno. Me costó pero le agarre la mano. Cuando lo ví, estaba con los ojos vidriosos. Le dejé los últimos porque me dijo que eran más complicados. Termino agotado, con la respiración agitada. 


Me acuerdo que se sentó en la silla del comedor, que la fue tanteando con la mano hasta que encontró el respaldo. Me acuerdo que se tocó el pecho y se rascó la barba. Me acuerdo. 


"Yo me voy a morir, sabes Fer", me dijo taciturno, "pero ahora estoy más tranquilo". Se paró y me dió algo así como un abrazo, a su manera, de dos segundos.

. . .

Tres semanas después de eso fui a la casa de mamá. Ella estaba llevando el duelo mejor que yo, quizás era porque sabía de la enfermedad desde hace un año, cuando lo diagnosticaron. De todos modos, todavía estaba un poco enojada con él porque no me había querido decir a tiempo. Además le costaba salir de casa, estar sola, por eso los findes me quedaba a dormir con ella. 


"Mamá está rota la pata de tu escritorio, fui a buscar algo y se cayó todo." 


La ví aparecer por la puerta arrastrando los pies. 


"Si, está así hace como dos meses, tu papá nunca la quiso arreglar", me dijo mamá.


Y lloré, por primera vez, desde que se murió mi viejo, mientras buscaba el taladro y los tornillos. 



Vivir cerca de la costa significa, sin lugar a dudas, amaneceres de niebla y olor a sal. Vivir cerca del puerto significa, indefectiblemente, salir con un marinero, largos días y noches mirando el horizonte en busca de un asta, prender velas los atardeceres violentos, esos que mezclan las nubes violetas cargadas de rayos con el mar enfurecido, negro y espumoso.

Vivir cerca de la costa significa, sin lugar a dudas, trabajo seguro y ropa con olor a pescado. Vivir cerca del puerto significa, indefectiblemente, volver de largas temporadas de pesca y ver a millas de distancia, paradita en el muelle a la mujer de tu vida, con los pelos al viento y guiándome por los faros de sus ojos. 


Un día no lo esperé, él volvía del mediterráneo y se encontró con un muelle vacío. Estaba harta de las noches de insomnio, de soñar con naufragios, con sirenas horriblemente hermosas y con una carta que se desliza por debajo de la puerta y anuncia lo peor. Lo bueno de vivir cerca del puerto es que todos los días llegan muchos buques que desembarcan a los empresarios que vienen de hacer sus negocios por el mundo. 


Un día no me esperó, yo volvía del mediterráneo y me encontré con el muelle sin el guiar de sus ojos verdes. Me atraganté con mi alegría, ¿dónde estaba ella para contarle que ahora era capitán de la fragata? Ya estaba harto de cargar con redes y pescados, mojarme y helarme en los mares del norte, de insolarme y calcinarme en las costas marroquíes. Lo bueno de vivir cerca del puerto es que abundan los bares de buen whisky y dos por tres aparecen cuerpos sin vida que trae la marea. Uno más, uno menos… 


Tiempo después, empujados por las bombas y el miedo a todo, en especial a Franco, y su vorágine inicial de aniquilar judíos a diestra y siniestra, hoy el mismísimo día que iba a ser nuestra boda estamos escapando en un buque que lucha contra el atardecer violento, de esos que mezclan nubes violetas cargadas de rayos con el mar enfurecido, negro y espumoso. La idea era casarnos en Argentina, apenas pisáramos el puerto, pero la tempestad y el agua que se empieza a filtrar nos lleva a tocar desesperadamente la puerta del capitán para que oficie de juez de una boda en alta mar y con el agua por las rodillas. 


Tiempo después, empujado por las bombas y el miedo a todo, en especial a Franco y su pasatiempo favorito de liquidar comunistas, hoy, un día cualquier decidí zarpar al Nuevo Mundo para nunca más volver. Pero se que no vamos a llegar, el agua que había entrado ya me pasaba los tobillos, en horas respirar sería una utopía. En medio de la tormenta escucho que alguien golpea tres veces mi puerta, y apenas la abro un rayo ilumina el cuarto de comando. Ahí estaban los dos paraditos. 


Lo veo alejarse al marinero devenido en capitán, en un barco de rescate, con su ropa arreglada que ya no lleva olor a pescado, mientras a mi se me cansan los brazos, tiemblo y siento como los latidos de mi corazón van apagándose, me desprendo de a mi prometido, ya no me quiero casar con él, lo quiero al capitán. 



  -Durante tres semanas los vi a diario y ahora no sé qué habrá sido de ellos. Probablemente no vuelva a verlos, al menos a ella, pienso; se da por supuesto que las conversaciones y aun las confidencias veraniegas no deben llevar a ninguna parte-. Le expliqué al hombre que llevaba anteojos empañados por el dolor y debido a la ignorancia del vínculo que podrían haber tenido preferí no ahondar en detalles. Me di cuenta que habían pasado cuarenta años y que estaba más poético y sensible que nunca. Di media vuelta, me alejé y rengueando crucé el umbral de la puerta decorada con lirios blancos, pensando en ella, creí recordar que en alguna ocasión me dijo que no le gustaba el Requiem de Verdi.

    Durante el único diálogo que mantuve en ese lúgubre evento me di cuenta que había estado atrapado toda mi vida en el verano del ´73. En aquel momento era joven y había llegado completamente solo a un país extraño. Apenas dieciocho años y pocos meses separaban mi nacimiento del día en que me subí al avión de KLM que partía desde Ezeiza. Quince horas después estaba, medio dormido, en el aeropuerto de Ámsterdam. Me paré en la puerta de la enorme estructura de vidrio y una cachetada de viento fresco me dio la bienvenida, la niebla baja y esa humedad tan característica de las cercanías oceánicas me recordaron un poco a las mañanas en La Boca, no era un día veraniego. Recuerdo que tenía la espalda apoyada contra un poste de luz y la mirada clavada en un mapa de la ciudad. Sin duda debería haber preguntado cómo llegar al hostel porque ni siquiera lograba interpretar cual era el derecho y el revés del mapa que me obligaba a abrir los brazos en su máxima extensión. –Carajo- solté frustrado.
    Una mano me tocó tímidamente el hombro y del susto dejé el mapa, que bailando se fue de la mano del viento. Ella se rió, simplemente se rió y sentí, que a mí también, el viento me había levantado de la tierra y entonces flotaba. Luego de una serie de disculpas entrecortadas con carcajadas se presentó: -Soy argentina como vos- (intuí que lo sabía por el improperio de algunos segundos antes). -Me llamo París ¿y vos?-. Llevaba el pelo negro totalmente recogido en un rodete salvo por un flequillo que le tapaba las cejas y un vestido que parecía hecho a mano con distintas telas de colores.

    Todo lo demás, en ese verano holandés, pasó demasiado rápido y fue aquel el día cuando mi vida empezó a cambiar. Fueron tres semanas en las que aún sigo atrapado y ningún hecho es realmente rescatable además de mi primer encuentro con París y, veintiún días después, el último. Lo que paso entre medio es anecdótico, la misma tarde de mi arribo la invite a tomar un café luego de que me acompañara hasta la puerta de mi hostel. Dos horas de charla bastaron para saber que con ella quería tomar café por el resto de mi vida. Y ella, que parecía encantada de engatusarme tan fácilmente, jugaba conmigo. Le comente que venía dos  meses a estudiar; pareció apiadarse de mí y me ofreció un lugar en un departamento que alquilaba con dos amigos de la facultad.

 La primera noche lleve las valijas al cuarto piso de un edificio en una calle con un nombre impronunciable y conocí a Berk y Ruud. Dos hombre altos y de pelos largos rubios; debo admitir que desde el primer día sentí celos de ellos porque compartían el departamento con mi amada. Desde ese momento pasé todos mis días y noches con ellos. Nos juntábamos a debatir libros, poesía: me preguntaban por mi país, por Borges, Cortázar; me enseñaron a pintar, filosofar y fumar marihuana; se preguntaban ¿Qué somos? ¿Para qué vivimos? mientras sonaban The Beatles. Eran lo que cualquiera llamaría hippies. Me llevaban a ver teatro, cine independiente y yo iba como un perro a todos lados para ganarme a París. Estaba desesperado por ella y cada vez más inmerso en un estado proximo a la locura que se llama amor. Una noche en medio de un concierto de Verdi que le pareció insoportable, nos escapamos a nuestro departamento y pasamos nuestra primera noche juntos.

    Como dije: todo lo que pasó fue intrascendente hasta la última noche que los vi. Incluso la planificación de un asesinato. Eran las tres de la mañana y la ginebra nos acompañaba, Ruud monologaba hace varios vasos sobre la desagradable imagen que había presenciado esa mañana, algo sobre un déspota, privador de la libertad, oligarca, me perdí un poco por el alcohol y otro poco porque el odio me consumía al ver los ojos  de París perdidos de una forma tan amorosa en Ruud que despotricaba como loco en contra del sistema y de ese hombre perverso. Nunca comprendí el porqué de tanto odio, pero al ver como ella se derretía al escuchar las ideas de cómo buscarlo, perseguirlo y hacerlo pagar, entendí que la única forma de ganarme su corazón era unirme al descontento colectivo. Tomando la botella me aclaré la garganta y pronuncié algo así como “que hombre despreciable” y luego continué, ahora filosofando, “¿para qué estamos en el mundo?” y termine mi descabellado descargo rematando “propongo seriamente que demos fin a la asquerosa existencia de Jan Van Berlood; quizás ese sea nuestro verdadero propósito”. La moción fue bien vista y las próximas dos semanas estuvimos investigando, espiando a la víctima y planeando cuál sería la mejor forma de perpetrar el homicidio. Los chicos no parecían muy confiados, pero yo estaba seguro de que durante este proceso producto de mi intelecto, ella iba a enamorarse de mí; inconsciente, estaba dispuesto a todo.

    Y fue así que la noche del 14 de junio entré corriendo a la habitación, me temblaban las piernas y se me atropellaban los pensamientos: la adrenalina se había apoderado de mí. Golpeé la puerta y cuando estaba por contarle los encontré en un lecho de amor y conocí la traición. Ruud alcanzó a esconderse y la maldita solo atinó a decirme “perdón”.
    Me fui y en ese momento sentí vergüenza de mi pasado, de mis últimos días con París. Imaginé todas las veces que ella se debió haber reído de mis juramentos infinitos de amor, de mis promesas de fidelidad eterna y de la ceguera que ella me provocaba. Me dolí, no tanto del engaño sino de aquella  primera vez que le había descubierto la frente corriendo su flequillo hacía un costado para besar ese lugar en que ella afirmaba que estaba el tercer ojo y luego bajar a sus labios. Se derrumbó mi ilusión y mi admiración hacia París. Me dolí de aquella puñalada que me sacó de la locura de amor para hundirme en la locura que ahora me abraza y comprendo que nunca la dejé de amar.

   Recuerdo que la mañana siguiente fue muy incómoda y que todo se había vuelto aún más extraño cuando por la radio durante el desayuno escuchamos el anuncio que ayer por la noche había muerto en un accidente automovilístico el controvertido político, Jan Van Berlood. Estaban conmocionados porque de alguna manera se había cumplido su sueño, mas percibí algo de terror en sus miradas. Entonces comprendí que era el momento para irme y sin despedirme partí. Nunca volví a saber nada de ellos pero toda mi vida quise volverla a ver y darle fin a este tortuoso periodo. 
  Fue ese el momento en que retome mis pasos, volví a cruzar el portal blanco de lirios y acercándome a donde ella dormía el sueño eterno, le corrí el flequillo hacia un costado y apoyando mis labios sobre su frente le dije después de cuatro décadas: “te perdono”. Rengueando abandoné el lugar y con un dolor insoportable maldecí haber chocado de frente, en un arrebato de locura y amor,  al Volvo de Jan Van Berlood con un Peugeot robado y después correr once cuadras hasta el departamento para contarle a París mi osadía de aquella noche del 14 de junio de 1973.

    

La oscuridad me aterra, siempre lo hizo. Los monstruos más viles aparecen con ella, vienen de la mano, juntos, como si me quisieran asustar. Allí se ocultan las intenciones más macabras. En este momento no logro ver mis manos y al asomar la cabeza por debajo de la almohada no veo más que obscuro. Obscuros entre obscuros más fuertes, obscuros más próximos o más lejanos, obscuros que se mueven, obscuros que se acercan. Con rapidez me oculto debajo de esta fortaleza de algodón, histéricamente enredo el cuerpo y las piernas en las sábanas blancas. Respiro agitado, entrecortado; me asusto y siento como corre por todo mi cuerpo la transpiración producto del miedo más real. Han vuelto para llevarme a su guarida, la cual sospecho se encuentra muy cerca de mi cuarto por la prontitud con que vienen cuando se extingue la luz y dominan las sombras. Podría ser peor: es posible que la mismísima guarida donde ellos habitan se encuentre justo debajo de mi cama. O quizás solo tienen habilidades para teletransportarse, pero he descartado esa posibilidad: es demasiado increíble.
 Me sofoco con el poco aire que entra debajo de tanto desparramo de colchas, almohadas y sábanas, pero es preferible eso antes que caer en la boca de un ser monstruoso y pasar a ser parte de sus jugos gástricos, o que uno de mis brazos quede atascado entre el incisivo y la primera muela del carnívoro engendro. Las quimeras me aguardan expectantes a que me levante para una visita nocturna al sanitario. Decido perecer en mis aposentos; no tengo ningún motivo para moverme siquiera unos pasos de mi cama. No me atrevería a enfrentarme a esos malvados de voces histriónicas y bocas voraces. Cada vez me aferro más al cuello de mi peluche, obstruyendo su tráquea e imposibilitándole respirar. Después de unos segundos escucho un quejido: creo que asesine a la criaturita de felpa, ahora estoy solo. Siento un tirón en las sábanas y me petrifico como si así lograra hacerme invisible. Siento que mil ojos me observan y estoy desprotegido. 
El temor me hace dejar mi fortificación amurallada. Desesperado, me levanto como un resorte de la cama y, en puntas de pie, hundiéndome en el piso acolchonado de mi cuarto, me dirijo automáticamente hasta la puerta. Siento que si volteo veré a todos los seres oscuros juntos, agazapados detrás de mí, listos para fagocitarme. Con una mano temblorosa trato de empujar la puerta estática en su marco, como todas las noches. Soy tan pequeño entre tanta negrura que parece infinita. Tengo miedo. Grito y suplico por mis padres, sé que no me escucharán, que no se encuentran del otro lado. Nadie me abrirá la puerta. Sé que me quedaré encerrado con mis propios monstruos para siempre.


Ojala fuese un niño. En su cama; en su casa. Con sus padres del otro lado de la puerta cuidando sus sueños, pienso mientras espero que llegue la luz y con ella los monstruos blancos, para darme mil pastillas, clavarme mil agujas y hacerme mil preguntas. 

   Sonó como el estallido de una bomba  que rompió con la monótona tranquilidad del vecindario. Eran las cuatro de la tarde y prácticamente todo el barrio estaba inmerso en una profunda siesta de verano. Desconocíamos el origen del estruendo, pero imaginamos lo peor. Lo único que sabíamos era que provenía de la calle Barracas que está justo detrás de uno de los arcos de la canchita del pueblo. Era el arco que defendía Manolo, nuestro arquero. Cómo atajaba ese chico, volaba. Desde que lo trajimos al equipo no habíamos perdido un sólo partido.


   Ese día, martes seis de marzo, si mal no recuerdo, jugábamos contra los primeros. El encuentro fue momentáneamente suspendido cuando sucedió el episodio. Terror en la cara de cada uno de nosotros.  Primero pensé que había sido una bomba, arrojada por los afganos. Las negociaciones con su país habían sido frustradas por la ignorancia de nuestros gobernantes. Esos locos no se andaban con vueltas, si los jodías te jodían. Después imaginé un escenario aún peor. Una guerra civil. Nuestra nación no andaba bien, quizá el pueblo se había levantado ante la opresión de los poderosos. En ese caso debía ir a buscar a mi familia, ir a algún lugar seguro; mas no tenía idea dónde estaba. Para colmo ese partido era vital para pasarlos y ganar el campeonato después de quince años. Su equipo era bueno, pero ese día andaban con bajas. Faltaba Carlos, un delantero que jugaba fenomenal, aunque para mi gusto un poco morfón. Su arquero tampoco había ido. Era nuestra oportunidad.


  Timo sabía mucho de futbol, era un tipo muy capaz y además jugaba bárbaro. Una vez, en uno de esos asados que hacíamos y en los que siempre salía perdiendo alguien con la guita, el Timo nos reprendió: “muchachos, entramos dormidos a los partidos, no nos tienen que meter goles tempraneros, después no los podemos levantar y cagamo”. ¡Qué estupidez!, con nuestro equipo dábamos vuelta cualquier partido. En especial por la delantera: el Chapulín y Tomi eran una máquina de quemar redes. 


   Pero ese día entramos una vez más con la cabeza en otra cosa, vaya uno a saber si era por la bailanta de la noche o por los nubarrones que sacaban las ganas de jugar. Pero a los cinco minutos estábamos uno a cero abajo en el marcador y Timo ya nos andaba gritando a todos, “¡corran, metan, dale dale!”, ese partido no había que dejarlo pasar. Qué trabado estaba el encuentro, cien situaciones malgastadas, tiros libres desatinados. Nos quedaban diecisiete minutos, me acuerdo patente. En eso la  pelota se fue por atrás de nuestro arco con un despeje mío con el que mandé a volar a la bocha para cortar el contraataque rival. Rapidísimo salimos todos atrás de ella, no había tiempo que perder. La buscamos como locos detrás de los tres postes, entre unos pastos altos, pero no había caso. Timo no paraba de gritarnos, “¡dale, busquen, metan!”; el tiempo corría  y el guacho del árbitro no iba a agregar nada. En ese momento fue cuando escuchamos la explosión y nos quedamos inmóviles. El juez había parado el partido con un pitazo extenso y buscaba a su alrededor una explicación a tal sonido sin respuesta alguna. Cada vez estábamos más nerviosos, entre la incertidumbre, el miedo por el estruendo y la desesperación por dar vuelta el resultado. Muchos se habían echado al suelo polvoriento como si estuviesen en situación de guerra; yo me escondí detrás de un pequeño arbusto. Al único a quien parecía haberle pasado inadvertido el peligro era a Timo. Andaba como loco por la mitad de la cancha, implorando por continuar el juego y profiriendo improperios contra todos para que volviéramos al ruedo. Mientras que nosotros estábamos aterrorizados, él se puso a buscar el balón detrás del arco, entre los pastizales que le llegaban a la cintura; cuando se asomó para probar suerte en la Calle Barracas escuchamos un grito ahogado seguido de una puteada que provenía de su ubicación. Ahora el foco estaba situado en Timo. Pensé que quizá había encontrado a la primera víctima del ataque terrorista o visto a las tropas revolucionarias avanzar por el horizonte. Seguido de todo mi equipo y de los rivales corrimos hacia Barracas. Entonces supimos el porqué del grito de nuestro amigo. Allí pegada al asfalto, como un sticker, estaba la única pelota que teníamos, destrozada por un automóvil. Ahora el paralizado era Timo, con su cara desfigurada por el terror. 


   Esa tarde no sufrimos ningún ataque exterior ni hubo un levantamiento popular, pero se nos pinchó la pelota y nuestras ilusiones de salir campeones. El árbitro, en nuestro mejor momento, suspendió el partido por la carencia de la caprichosa. Y por un gol tempranero perdimos la final. Esa fue la última vez que peleamos un campeonato. 

    Él tenía razón, los goles tempraneros se pagan caro.




  Es martes seis de Abril, son las dos de la mañana y la noche ya cayó hace rato sobre el refugio. Solo hay unos pocos despiertos. Cuatrocientas personas están encerradas ahí hace más de diez meses. Ancianos, niños y mujeres agonizan sobre los camastros sin colchones. Una vez más se fueron a dormir con hambre; hace mucho que la comida escasea. Se escucha el llanto de un niño, un niño huérfano, nadie se acerca a consolarlo. Un viejo lee un libro mientras fuma su último cigarro.

   Durante esos meses la atmosfera de ese lugar se volvió insoportable, un vaho horroroso impregna el largo dormitorio. No hay duchas, apenas unas canillas para mojarse la cabeza. Del patio trasero llega el olor a muerte; cadáveres putrefactos están apilados de una forma displicente. Mas el verdadero aroma a muerte; sangre y pólvora, venía de la frontera, donde todo el pueblo luchaba contra el ejército invasor.
   La batalla se sostiene hace casi un año, los soldados cederían en cualquier momento. El campo de guerra debía ser un desparramo de  compañeros que ahora nadie reconocería. En el refugio solo se deseaba que todo terminase lo más rápido posible. Era inhumano vivir en estas condiciones, esquivar cuerpos desperdigados en los pasillos. Tener una sola comida diaria que consistía en un mísero pedazo de pan, ver como los ancianos se debilitan cada vez más. Las mujeres perdían las esperanzas, los niños, frágiles, morían.

   El viejo Sofós, continúa con su lectura. Daba la pitada que consumía por fin al cigarrillo. Le encantaba leer, olvidaba su situación y se sumergía en un mundo de fantasía. No podía creer que después de veinte años al servicio de su pueblo, estuviera ahí, esperando.

   Esa noche fría un viento furioso golpeaba las chapas del techo. Al unísono se escuchaba el tiritar de aquellos infelices sin abrigo, el grito ahogado de un soldado herido que habían arrastrado a este paupérrimo refugio. El llanto desconsolado, no sólo provenía de los niños. Todos, abandonados a su suerte, poco a poco morían. En breve los soldados en el frente, no estarían defendiendo a nadie.

   A las tres de la mañana se escucharon tres golpes en la puerta principal. Inmediatamente al viejo y a más de uno se les agolparon los latidos. Después se escuchó “Teniente Hermes, traigo noticias urgentes”. Pasaron unos segundos y nadie habló ni se movió. Otros golpes azotaron la chapa. “Yo voy, aguarden en sus camas”, anunció el viejo.
   Salió descalzo y los pies se le pegaron al suelo. Llegó a la entrada, abrió el portón con dificultad y un frío helado le pegó en la cara. El soldado le entregó una carta y sin dirigirle la palabra se marchó rápidamente, parecía apurado. Tenía el sello del ejército, la abrió con cuidado mientras regresaba a la sala donde dormían. Solamente había dos líneas escritas, se montó sus anteojos redondeados, aun así le costó leerla:

   “Hemos sido derrotados en la frontera. Mañana llegaran los invasores. Desalojen inmediatamente”.

   Cuando llegó a la puerta del dormitorio se le cayó una lágrima que corrió la tinta. Ahora las cuatrocientas personas están de pie mirando al viejo. La pregunta no se hizo pero era obvia. Sofós levanta la vista y les dice “vayan a dormir, mañana será un día mejor”. Otra lágrima se desliza por su mejilla y acaba en el papel…

Página Principal

Entradas populares

Categorias

  • fútbol 2
  • guerra 1
  • terror 1

StatCounter

Copyright © 2016 Bloc del Porvenir. Created By OddThemes & Distributed By Free Blogger Templates